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Lo
primero que llama poderosísimamente la atención de esta
adaptación de la conocida novela de Arthur Conan Doyle (la más
conocida junto con "El signo de los cuatro" y "Estudio
en escarlata") es que Fisher tergiversa el espíritu de la
novela original, potenciando los elementos terroríficos en detrimento
de la hábil intriga detectivesca. Esta fue la causa del rechazo
que la película recibió desde su estreno por parte de los
admiradores de Conan Doyle, aunque también recibió el rechazo
por parte de los fervorosos del fantastique, que suspiraban por un Fisher
menos "atado de manos" por las convenciones del relato detectivesco.
No obstante, en cualquier otra película de Fisher sobre Frankenstein,
Drácula, el hombre lobo o la momia se pueden encontrar instantáneas
más tenebrosas y fantásticas que en todo el perro de Baskerville,
pero ningún momento cinematográfico del realizador británico
contiene tanta tensión (e intención para crear después
una atmósfera concreta) como el prólogo de esta memorable
película sobre el sabueso del páramo y la maldición
que pesa sobre los Baskerville.
En
esta vibrante escena situada en los dominios de Sir Hugo de Baskerville,
de quien desciende directamente el Henry Baskerville que encarna con una
apasionante mezcla de elegancia y desconcierto Christopher Lee, Fisher
nos muestra la extremada vileza del personaje. La acción acontece
en su castillo, durante una de las muchas fiestas orgiásticas que
organiza Sir Hugo. Arroja al agua a uno de sus sirvientes a través
de un ventanal. Después, persiguiendo el contraste más cruel
que le dé placer a él y a sus amigos, lo asa como a un cerdo
en la chimenea.
Fisher no contiene aquí el corto pero ejemplar retrato del vil
Sir Hugo (un David Oxley excelente porque en apenas cinco minutos, lo
que aparece el personaje en el film, construye y define enteramente el
personaje).
No contento con eso, sediento de sexo, sube a los aposentos del primer
piso para buscar a la hija del sirviente, a la que quiere entregar a su
camada de amigos.
La muchacha ha escapado y Sir Hugo la persigue por el páramo lanzando
desbocada a su jauría de perros, como si la joven fuera una más
de su colecció de trofeos de caza. La resolución de esta
escena de prólogo en las ruinas de la abadía tiene un magnetismo
especial. Ante la cámara de Jack Asher se mezclan la exagerada
bruma, que casi puede olerse y palparse, y el polvo del camino que se
agita y remueve en el aire bajo los pasos de la doncella que intenta escapar
en vano del malvado Baskerville. El efecto es demoledor, de un goticismo
que alcanza cimas de pesadilla irreal pese al naturalismo que envuelve
toda la película, incluida la resolución de su misterio
ancestral.
Ciertamente, y esto ya lo he repetido hasta la saciedad, Fisher vuelve
a acertar con el prólogo, potente y directo que nos sumerge de
cabeza en la leyenda para poco después trasladarnos al 221b de
Baker Street.
Curiosamente el título de la novela, al igual que el de la película
se puede referir al perro de la leyenda y/o al encargado de resolver todo
el embrollo: Sherlock Holmes (dado que él también es un
sabueso "hound").
En este contexto, el Sherlock Holmes de Fisher y Cushing, tan lacónico
siempre como lo son sus frases ("posible pero improbable"),
tan directo como las enérgicas perguntas que lanza inesperadamente
al párroco amante de la entomología, a la sirvienta de los
Baskerville (hermana del ladrón evadido que merodea por las tierras
casi baldías confundiéndose en la leyenda con el sabueso
gigantesco) o el ambivalente Dr. Mortimer, podría verse como el
observador del horror, el ancla que mantiene Fisher con el realismo pese
a que en el relato abunden los resortes de la fantasía más
inquietante: aullidos procedentes del brumoso páramo, voces y lamentos
infantiles que emergen del corazón del castillo,
vasos hechos añicos cuando se pronuncian palabras concretas, la
música que se impone sobre los gritos de terror de una víctima
del perro, cuadros misteriosamente desaparecidos que escamotean importantes
deducciones detectivescas (la mano palmeada de Sir Hugo y de Stapleton,
su descendiente bastardo), figuras sobrecogedoras que se recortan sobre
el cielo en el ocaso del día, la débil luz de una vela situada
en el horizonte del páramo, ciénagas dispuestas a engullir
en el correoso lodo a todo aquel que se aparte del sendero, asesinatos
rituales cuyo horror nos es transmitido por las expresiones de quienes
encuentran los cadáveres entre las piedras de la vieja abadía;
el gran perro, finalmente, al que solo veremos en la escena final, con
la cabeza cubierta con una máscara de piel para que pueda infundir
más terror a sus víctimas ya que, en definitiva, el sabueso
que habitó en los dominios de los Baskerville, manipulado de forma
atroz por los herederos ilegítimos de la familia para que se convirtiera
en una bestia sanguinaria, no tenía necesidad de emplear sus caninos
porque muchas de sus presas morían de paro cardíaco solo
al ver su gigantesca silueta.
Siempre me he preguntado cómo habría rodado esta misma
película Jacques Tourneur, dado que el tema de la novela le venía
como anillo al dedo al director francés. No obstante, al tratarse
de Sherlock Holmes, se hace prácticamente imposible realizar un
final tan ambigüo como los que le gustaba rodar a Tourneur (véase
"La mujer pantera", "I walked with a zombie", y "La
maldición del demonio").
Esto es lo que pasa con las películas que están resultas
y estructuradas bajo las directrices del whodunit (siempre
se va a acabar averiguando "quién" lo hizo).
Pero al igual que Tourneur, y al contrario de algunas otras aportaciones
de la Hammer, Fisher sugiere más que muestra, quizá porque
su punto de vista acaba por corresponder con el de el racional Holmes,
para quien todo misterio es susceptible de ser resuelto, por lo tanto,
de ser real y no fruto de leyendas incontestables o enigmas del más
allá. Pese a ello, "El perro de Baskerville" es la menos
detectivesca de las adaptaciones cinematográficas del personaje,
también la más tenebrosa. Las más detectivescas fueron
las protagonizadas por Basil Rathbone desde finales de los años
30 hasta mediados de los 40, y por supuesto, la interpretación
de Cushing poco o nada tiene que ver con la de Rathbone.
Mención aparte constituye la vibrante interpretación de
Peter Cushing; sencillamente espléndida
y sensacional (y ya es la cuarta vez en tres años para Hammer Films).
Compone un Holmes vital, enérgico, perseverante, concienzudo, analítico,
que desde el primer momento domina la situación como si de un títere
se tratase (incluso durante el intervalo de tiempo que no aparece en pantalla).
Es otra de sus mejores interpretaciones y resulta curioso contemplar la
relación que tiene con determinados objetos iconográficos
del personaje de Conan Doyle: la pipa, el bastón, el "gorro"...
todos estos objetos son utilizados por Cushing para potenciar los elementos
arquetípicos de Sherlock Holmes. Y esta conjunción de objetos-actor
encaja y fluye a la perfección durante todo el metraje.
 Durante
toda la película hay una constante colisión entre los elementos
naturalistas, literarios y los de la propia creación iconográfica
de la Hammer, y de ese roce permanente se nutre la extraña belleza
de esta película de atmósfera crepuscular (no en vano, Sir
Henry es el último de los Baskerville) cuyos personajes recorren
casi siempre las estancias del castillo, los caminos circundantes y la
vieja abadia en la fractura entre el día y la noche. La aparición
de Holmes en los dominios de Baskerville no puede ser más fantasmagórica:
es aquella silueta citada que se dibuja en el ocaso, la misma que emerge
teatralmente de entre las piedras de la abadía para darle a su
querido Watson el mayor susto de toda la película (aparición
muy parecida a la de Frankenstein en "The revenge of Frankenstein",
en el cementerio cuando mata de un susto a uno de los ladrones de tumbas).
Hablando de otras escenas similares en anteriores películas de
Fisher habría que mencionar dos que están "calcadas"
del Dracula de 1958.
La de Holmes en el hotel advirtiendo con el dedo en alto a Sir Henry de
que no debe pasear por el páramo después del crepúsculo,
es muy parecida a la de Van Helsing explicando, también con el
dedo en alto, a la Sra. Holmwood lo que tiene que hacer para que no muera
Lucy: "... si no lo hace, morirá".
La otra es idéntica en concepción, forma y puesta en escena,...
incluso en intenciones: cuando Cecile besa y abraza a Sir Henry en la
granja de los Stapleton, ve como aparece Stapleton por detrás y
se aparta de Sir Henry; es igual al primer encuentro de Harker con la
mujer-vampiro y Drácula en el castillo de este último; basta
cambiar los nombres de Dracula por Stapleton, el de la mujer-vampiro por
Cecile y el de Harker por el de Sir Henry (la víctima). ¿Curioso
no?
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